
El otro día hablaba con mi novia, Amparo, sobre los Problemas de Autoestima. Le comentaba que llevaba dos días bastante deprimidilla y que era, en mi opinión, por puro agotamiento. Ella no me tomó demasiado en serio al principio. Creo que porque empecé mi perorata hablándole de un artículo que acababa de ver en el “Que” (publicación gratuita) sobre el “estrés emocional”. Así que no la culpo. Madre mía, ¡un periodicucho sensacionalista! Lo cutre que soy a veces…
Le expliqué que había demasiadas cosas que me causaban ansiedad (ella no estaba incluida en el paquete, que conste) y que, cómo consecuencia directa, estaba triste y nerviosa. Y cuando estoy “así”, las inseguridades empiezan a fluir por mi organismo cómo un veneno. Rápidamente, me siento cómo una seta. Hundida en el suelo y con la cabeza llena de tierra, tanta que no me deja pensar con claridad.
Todo el mundo tiene inseguridades, eso está claro. Y se encuentra defectos… es evidente, y además saludable. Lo cierto es que la adolescencia sirve para aprender a manejar esas inseguridades en previsión de una supuesta madurez llena de frustraciones. Aprendes a utilizarlas cómo motor de cambio o bien a neutralizarlas cómo los pensamientos irracionales que son. Cuando una ya es adulta puede controlarlas, y yo lo hago. Casi siempre. Cuando estoy agotada y triste (y no es muy a menudo) me cuesta mucho no ceder ante el dulce impulso de la autocompasión y la pasividad. Las inseguridades se convierten en problemas reales cuando te impiden hacer cosas. Cuando no aceptas un trabajo porque temes no ser suficientemente inteligente, cuando no te lanzas a ligar con alguien por dudar de tu físico o cuando te apetece salir a bailar pero no lo haces porque sabes que naciste con las aletas puestas. Ser consciente de las limitaciones nos vuelve prudentes pero el miedo nos bloquea. Y yo odio, odio, odio…a Peter Pan. Y odio no hacer las cosas sólo porque siento miedo o por pura inseguridad. Porque cuando te das cuenta… ¡joder! eso si que fastidia. Eres débil y ñoña, y la has cagado porque estabas acojonada. Así pues, con mi alma de argentina, hago continuos trabajos de introspección, reflexión, documentación y, en definitiva, me miro el ombligo. Todo para detectar lo que no me gusta de mí. Y en caso de que no pueda cambiarlo, evitar que se conviertan en frenos irracionales. Normalmente, como he dicho, lo hago bastante bien.
Pero ayer no, y anteayer tampoco. Y hoy seguía descendiendo hasta que me he puesto a pensar en “cosas que hacen que me sienta mejor”. Y no, no es nada relacionado con el olor de la hierba mojada, ni con sujetar una bola de luz ni con dar gracias por estar viva.
Es mucho más simple. Tacones. Siiiiiiiii… porque a mi lo que me hace feliz es arreglarme y llevar tacones y un vestido bonito. Quedar en un sitio o, mejor aún, que me vengan a recoger para ir a la ópera y después comentarla cenando en un restaurante precioso y suuuuperpijo. Me encanta arreglarme: darme un largo baño caliente de esos para los que nunca tengo tiempo, un baño que incluya mascarilla para el pelo y loción hidratante para el cuerpo. Y no vale aftersun, tiene que ser algo que huela a lavanda o a jazmín o a…a…a flor bonita. Luego maquillarme, convirtiéndome así en supermodelo. Puedo asegurar que aunque en un día normal ni me miraríais (o si, pero por las pintas zarrapastrosas y las ojeras), tras una hora de chapa y pintura estoy bastante presentable. Valla, que estoy guapísima. Quien afirme que una mujer está más guapa al natural, miente o es idiota.
Pero por donde iba…vale, ya. Después hay que vestirse con algo absolutamente deslumbrante que me convertirá, mágicamente, en una mujer esbelta y sofisticada. Y creo, puestos a pedir, que la velada debería incluir un regalo. Las cosas son así, los regalos y las sorpresas me ponen contenta. Sonrío y doy brinquitos que a mi me parecen graciosos y al resto ridículos.
Y debe ser una noche de verano, porque no soporto el frío. En cuanto bajan las temperaturas me pongo de mal humor, refunfuño, gruño y me quejo por todo, porque mi máxima es: “quéjate, que es gratis”. Y en esta noche perfecta, la ciudad debería ser Madrid (soy una persona razonable, no pido…Roma, por ejemplo), u otra igualmente preciosa y con glamour. Una ciudad llena de vida, luces, colores, variedad y cosas curiosas. Una ciudad donde cojas el metro y te encuentres una mariquita en el vagón, dando un paseo para llegar al retiro (mariquita, nunca te olvidaré) Pero sólo en la zona de antiguos e imponentes edificios, donde todo el mundo a mi alrededor se sienta feliz (vale, aquí ya soy menos razonable). Por último, aunque no menos importante, no debe haber nada cutre ni vulgar. Y ya está, en realidad no es tan difícil. Con sólo imaginar esa noche maravillosa, empiezo a ser de nuevo una persona jovial e ilusionada, con ganas de hacer cosas. ¿Parezco superficial? Bueno… he sido un musgo y una seta. Creo que puedo permitírmelo.
Le expliqué que había demasiadas cosas que me causaban ansiedad (ella no estaba incluida en el paquete, que conste) y que, cómo consecuencia directa, estaba triste y nerviosa. Y cuando estoy “así”, las inseguridades empiezan a fluir por mi organismo cómo un veneno. Rápidamente, me siento cómo una seta. Hundida en el suelo y con la cabeza llena de tierra, tanta que no me deja pensar con claridad.
Todo el mundo tiene inseguridades, eso está claro. Y se encuentra defectos… es evidente, y además saludable. Lo cierto es que la adolescencia sirve para aprender a manejar esas inseguridades en previsión de una supuesta madurez llena de frustraciones. Aprendes a utilizarlas cómo motor de cambio o bien a neutralizarlas cómo los pensamientos irracionales que son. Cuando una ya es adulta puede controlarlas, y yo lo hago. Casi siempre. Cuando estoy agotada y triste (y no es muy a menudo) me cuesta mucho no ceder ante el dulce impulso de la autocompasión y la pasividad. Las inseguridades se convierten en problemas reales cuando te impiden hacer cosas. Cuando no aceptas un trabajo porque temes no ser suficientemente inteligente, cuando no te lanzas a ligar con alguien por dudar de tu físico o cuando te apetece salir a bailar pero no lo haces porque sabes que naciste con las aletas puestas. Ser consciente de las limitaciones nos vuelve prudentes pero el miedo nos bloquea. Y yo odio, odio, odio…a Peter Pan. Y odio no hacer las cosas sólo porque siento miedo o por pura inseguridad. Porque cuando te das cuenta… ¡joder! eso si que fastidia. Eres débil y ñoña, y la has cagado porque estabas acojonada. Así pues, con mi alma de argentina, hago continuos trabajos de introspección, reflexión, documentación y, en definitiva, me miro el ombligo. Todo para detectar lo que no me gusta de mí. Y en caso de que no pueda cambiarlo, evitar que se conviertan en frenos irracionales. Normalmente, como he dicho, lo hago bastante bien.
Pero ayer no, y anteayer tampoco. Y hoy seguía descendiendo hasta que me he puesto a pensar en “cosas que hacen que me sienta mejor”. Y no, no es nada relacionado con el olor de la hierba mojada, ni con sujetar una bola de luz ni con dar gracias por estar viva.
Es mucho más simple. Tacones. Siiiiiiiii… porque a mi lo que me hace feliz es arreglarme y llevar tacones y un vestido bonito. Quedar en un sitio o, mejor aún, que me vengan a recoger para ir a la ópera y después comentarla cenando en un restaurante precioso y suuuuperpijo. Me encanta arreglarme: darme un largo baño caliente de esos para los que nunca tengo tiempo, un baño que incluya mascarilla para el pelo y loción hidratante para el cuerpo. Y no vale aftersun, tiene que ser algo que huela a lavanda o a jazmín o a…a…a flor bonita. Luego maquillarme, convirtiéndome así en supermodelo. Puedo asegurar que aunque en un día normal ni me miraríais (o si, pero por las pintas zarrapastrosas y las ojeras), tras una hora de chapa y pintura estoy bastante presentable. Valla, que estoy guapísima. Quien afirme que una mujer está más guapa al natural, miente o es idiota.
Pero por donde iba…vale, ya. Después hay que vestirse con algo absolutamente deslumbrante que me convertirá, mágicamente, en una mujer esbelta y sofisticada. Y creo, puestos a pedir, que la velada debería incluir un regalo. Las cosas son así, los regalos y las sorpresas me ponen contenta. Sonrío y doy brinquitos que a mi me parecen graciosos y al resto ridículos.
Y debe ser una noche de verano, porque no soporto el frío. En cuanto bajan las temperaturas me pongo de mal humor, refunfuño, gruño y me quejo por todo, porque mi máxima es: “quéjate, que es gratis”. Y en esta noche perfecta, la ciudad debería ser Madrid (soy una persona razonable, no pido…Roma, por ejemplo), u otra igualmente preciosa y con glamour. Una ciudad llena de vida, luces, colores, variedad y cosas curiosas. Una ciudad donde cojas el metro y te encuentres una mariquita en el vagón, dando un paseo para llegar al retiro (mariquita, nunca te olvidaré) Pero sólo en la zona de antiguos e imponentes edificios, donde todo el mundo a mi alrededor se sienta feliz (vale, aquí ya soy menos razonable). Por último, aunque no menos importante, no debe haber nada cutre ni vulgar. Y ya está, en realidad no es tan difícil. Con sólo imaginar esa noche maravillosa, empiezo a ser de nuevo una persona jovial e ilusionada, con ganas de hacer cosas. ¿Parezco superficial? Bueno… he sido un musgo y una seta. Creo que puedo permitírmelo.






4 comentarios:
¿Cómo quieres que tome en serio una conversación que empieza con " sabes lo que decía un artículo del qué"?
Bonitos rituales para sentirte mucho mejor contigo misma, estoy muy de acuerdo con todos ellos, yo tambien los utilizo de vez en cuando, porque en mi caso cuando algo me hace sentir mal es por los demas, no por mi.
por cierto "valla" es un artificio que sirve para delimitar una parcela de terreno e impedir que se escape el ganado o entren extraños. La interjeccion "vaya" es con Y.
Besos
mimimi, mimi, mimimi, mi....
eres un pedante pensamiento artificial :P
queripo pensamiento artificial. Yo agradezco la corrección ortográfica pero que conste que valla en realidad estaba utilizado en el blog cómo diminutivo de Gumivalla. Las que comian los ositos y para saltar y brincar. Y Gumivalla, obviamente, es con V de vendeta. Peor gracias.
te adoro profe.
Publicar un comentario