jueves, 19 de julio de 2007

Un día en el Circo

Me levanto muy pronto para ir de excursión. Hemos quedado para visitar un pequeño planeta donde anuncian un espectáculo muy vistoso y original. Una mezcla entre el circo romano y "humor amarillo".

Me siento con mis colegas en una de esas gradas incómodas. Parece las ventas en un día de concierto. Cocacola chorreando por los asientos, que están duros como piedras y el sol pegando fuerte. No tengo gorra que me proteja pero si un parasol de esos que venden en los chinos.
Una extensión gigantesca de tierra despliega ante nuestros ojos mil pruebas absurdas y peligrosas. Alucino con cada una, especialmente aquella en la que tienen que cruzar un corredor plagado de monstruos mutantes. Normalmente, a pesar de su ferocidad, no matan a nadie. Pero si pueden dejarte un garrazo de recuerdo o quedarse en prenda un trocito de tu brazo. Es espeluznande, da asco, da miedo...es digno de ver. No puedo apartar los ojos de la arena.
Grito y aplaudo como la que más.
Ya necesitaba yo un descando, desfogarme un poco.

Los que son tocados (quien dice tocados dice casi troceados) por uno de los monstruos, se convierte en monstruo también, en virtud de una original mutación. Así, la fila de participantes se muestra ansiosa ante la actuación del resto. Saben que si los otros consursantes logran cruzar sanos y salvos, aumentarán su puntuación y serán rivales más difíciles... pero por otro lado, si fallan, acabarán engrosando la ya nutrida tropa de monstruos mutantes. El último concursante, al final de la nerviosa fila, parece realmente acojonado.

No es esta la única prueba. También está la clásica de las hamburguesas y una en la que tienes que lanzarte contra una puerta. Sólo un umbral conduce a la victoria, pero no saben cual es. Detrás de algunas puertas hay horrores innombrables, en otra un lago cuyo poder es convertir a la persona en chica (si ya eres una tía, te conviertes en un panda)

Hay un sin fin de pruebas pero, en una en concreto, sacan a un voluntario del público. Hay un foco que recorre las caritas espectantes en las gradas y tras unos agónicos minutos, se para en alguien. Su cara aparece a la vista de todos en un monitor gigante, desde el cual se retransmite todo lo que ocurre. A mi el foco me señaló, pero yo estaba despegando un chicle de las chanclas y ni me enteré asi que, intentando enmendar el error, el haz de luz corrige su trayectoria y señala a Irene, la chica sentada a mi lado.
Es menuda, con el pelo oscuro cortado en una discreta melenita y la piel muy blanca. Por debajo de su flequillo los ojos se le iluminan por la emoción. Parece entusiasmada con la suerte que ha tenido. De repente, y sin aviso ninguno, se levanta rapidamente de su asiento y me arrastra con ella.
Cogida de su mano, llegamos al lado del presentador que, como en un circo de los más rancios, explica la prueba, a grito pelao (¿para que cojones lleva micrófono?), cómo si nuestra vida fuese a pender de un hilo. A mi me entra el miedo y, cómo no, las ganas de hacer pis (es por los nervios...)

En realidad, se trata de montar en una especie de montaña rusa que va rapídísimo y que te lleva por aros de fuego, cataratas donde hay hadas que te tiran del pelo y, por supuesto, montruos mutantes con tentáculos y los dientes afilados, como enormes máquinas de cortar mortadela. Parece peligroso... pero sólo lo parece. En realidad, nunca pondrían la vida de los turistas en peligro. Este rumboso espectáculo es uno de los grandes atractivos que tiene el planeta y el turismo estelar es una fuente de ingresos que hay que mimar.

Casi se me desencaja la mandíbula de tanto gritar, los ojos me dieron cien vueltas y estuve a punto de vomitarle a Irene encima. La gente, cuando pasábamos por su lado a toda velocidad, casi rozándoles, nos lanzaba cacahuetes, palomitas y latas de refresco. Menudos cafres!

Al terminar el espectáculo, decidimos que antes de volver a casa tomariamos algo en una taberna cercana. Ya era de noche, y las emociones del día habían tenido que esperar, impacientes, sentadas en la fría piedra de los asientos, hasta que terminó el concurso. Necesitaban expresarse...
Por cierto, el espectáculo se saldo sin ningún muerto. Dos se mearon encima, una mujer perdió una pierna y otra perdió una antena. Pero no fue nada grave en realidad.

Cuando llegamos a la taberna, "Melaza de Klingon" se llamaba, pudimos por fin comentar lo sucedido y repetir las anécdotas del día una media de 100 veces. Porque es lo que suele pasar, que comentas lo mismo una y otra vez cómo sacándole todo el jugo. Exprimiendo el momento al máximo y disfrutando aunque lo has oido mucha veces y, es más, tu estabas allí y lo viste.
Es taaaaannn emocionante!!!
Lo malo es que, con tanto alcohol, terminamos muy desfasados. El novio de Irene estaba cantando encima de la mesa y tocando la gutarra aerea. Irene estaba coqueteando con el camarero, que era indígena de allí y no entendía como alguien tan pequeño podía acumular aire suficiente para hablar tanto, y tan seguido.
Yo estuve hablando con la familia del camarero, dueños del local. Estuve riendo con los niños y acunando al más pequeño. Los bebes allí, hasta que no alcanzan el año de edad, tiene el tamaño y el aspecto de Rollitos de Primavera. Cómo los que aquí cenamos en el chino.
Son tiernas criaturitas que dormitan y crecen dentro de su pequeño envoltorio de ojaldre.

Empecé a marearme. No debí haber bebido aquello tan picante, no debí picarme con el plutoniano a ver quien bebía más chupitos ni debí contarle aquella anecdota de cuando me pillé el párpado del ojo con la cremallera de un jersey. Pensando esto, salí por la puerta trasera de la taberna y me encontré en el bosque. De día y visto desde la nave no parecía tan amenzador pero ahora, en noche cerrada, era vaporoso y realmente oscuro. Tan frondoso, que desistí de dar un paseo. Sobretodo porque, cómo buena prota de peli de serie B, había dejado mi pistola laser en dios sabe donde (en el baño, con los clinex que me llevé por si no había papel)
Escuché ruidos extraños, chasquidos, aullidos, silvidos, y ese "mimimimimi" que hacen los insectos de las películas. El miedo me puso rígida y olvidé todos los efectos del alcohol. Ya no estaba borracha y sentía frío. Volví sobre mis pasos para encontrar la puerta del local pero comprobé que sólo se abría por dentro. Tendría de rodearlo y entrar por la puerta principal. Me estaba meando, otra vez.

Cuando giré la primera esquina, encontré de frente, a unos metro de mi, un animal enorme, parecido a un lobo pero sin pelo (luego, no era adorable en absoluto). Era una mezcla entre un lobo y un reptil, y tenía una lengua larga y, cómo no, babosa y moqueante. Me quedé paralizada. Empezó a gruñirme y eché a correr.
¡¡MIERDA!! Cual novata, eché a correr hacía el bosque, internándome en la espesura y completamente aterrada. El bebe, sujeto en mi mano, y las chanclas, impidiendo mi avance. Era imposible ser más rápida que él. Que "aquello".
Trepé a un arbol con las últimas fuerzas que me quedaban. No había ramas altas y abajo se juntaron más especímenes de aquellas criaturas. Grité, con mi voz aguda y estridente, con lágrimas en los ojos y sorbiendomé los mocos. Los animales saltaban cada vez más alto y estaban cada vez más furiosos. Casi me alcanzan. Uno enganchó mi pierna y estuve a punto de caer. Seguí gritando y aún lo hice más cuando, en un momento en qué perdí el equilibrio, me balancee peligrosamente sobre la rama y uno de los bicharracos aprovechó para saltar. Agarro entre sus fauces al indefenso bebé-rollito de primavera.
Cuando sus patas apenas tocaban el suelo, la mitad del cuerpo se volatilizó entre un humo azulado. Le habían disparado.
El padre de familia se acerco al arbol y disparando aullentó a las bestias. Mientras yo bajaba, me llamó de todo, me insultó y me gritó. Resumiendo, me dijo que era la jodida turísta más estúpida que había conocido en su vida. Era lógico pensar que hubiese una fauna hostil en aquel planeta y yo, si no hubiese sido tan estúpida, o estado tan borracha, no se me hubiera pasado por la imaginación abandonar la luz, el calor y la seguridad que brindaba la taberna.
Cuando llegué el suelo, vi que Irene y Carlos estaba también allí, esperandome tensos y con cara de "ha faltado un pelo".
Me agaché inmediatamente para recoger al rollito de primavera y entonces el tabernero se paró en seco. Comprendió lo que habia sucedido y me arrebató a su retoño.
Di gracias de que hubiese sobrevivido. Se había dañado la crujiente cubierta pero el tierno y delicado contenido estaba intacto y seguía durmiente, ajeno a lo sucedido y soñando con ser de mayor un bateador famoso. Cuando vimos que nada le había sucedido, sonreí al padre aliviada y sentí, en apenas un segundo, su tentáculo rodeando mi cuello. Carlos e Irene gritaban pero el apretaba cada vez más, seguro de que yo merecía la muerte por haber puesto en peligro a su pequeño.

Suerte que Irene había ido al baño después que yo y que, además, ella no bebe. Le apuntó con el arma a la cabeza y tras unos minutos en los que me vi reducida a papilla de Isadora, la presión se aflojó. Me soltó y le obligamos a entregar su pistola volatilizadora. Sin perder más tiempo, temerosos de que alguien más nos echara en falta y la situación se complicara, echamos a correr en dirección a la nave.

Estaba lejos y nosotros estábamos cansados. Detras de nosotros, una orda de indígenas furiosos enterados ya de lo sucedido, nos perseguía gritando. Agitaban como armas lo primero que habían cogido y les acompañaban unos cuantos turistas borrachos y tambaleantes. Debieron pensar, supongo, que era otra atracción del planeta y que una caza de personas en plena madrugada era tan excitante cómo cualquier otra diversión propia de un planeta extraño, auque tuviesen que abandonar (algunos) su bebida en la barra.
Nos dolían los pulmones, las piernas y hasta el alma cuando llegamos a la nave. Ninguno podía hablar. Y cuando pudimos hacerlo, recuperado ya el aliento, nos quedamos en silencio. Pensando.
Pasado un rato, alguien sacó unas cervezas y empezamos a rememorar. Repetimos una y otra vez las anécdotas "¿Viste su cara cuando vió al bebé??" "menuda mierda de cuarto de baño..." "tenía la situación controlada cuando llegasteis..." Cada vez nos reiamos más y nos fuimos relajando.
Seguimos así hasta que llegamos a casa. Y al día siguiente cuando nos volvimos a ver.
Eso si, otro planeta al que no podríamos volver. De ahora en adelante, me limitaré a la Guía del Ocio para planificar mi fin de semana.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Anda! Si ahora sí que puedo comentarte!!
No sólo te lees tú, me declaro fan de tu blog en este mismo momento.

pensamientoartificial dijo...

Cielo santo, sabia yo que no era buena idea abandonaros alli para responder a la llamada temprana del deber.

Anónimo dijo...

muy bueno, si señora
es visual e interesante, hasta me han dado ganas de abandonar el fotolog y dedicarme a un blog chulo como este, aunque creo que me faltan nociones de serie B

PD: q ilusion!!!