jueves, 19 de julio de 2007

Un día en el Circo

Me levanto muy pronto para ir de excursión. Hemos quedado para visitar un pequeño planeta donde anuncian un espectáculo muy vistoso y original. Una mezcla entre el circo romano y "humor amarillo".

Me siento con mis colegas en una de esas gradas incómodas. Parece las ventas en un día de concierto. Cocacola chorreando por los asientos, que están duros como piedras y el sol pegando fuerte. No tengo gorra que me proteja pero si un parasol de esos que venden en los chinos.
Una extensión gigantesca de tierra despliega ante nuestros ojos mil pruebas absurdas y peligrosas. Alucino con cada una, especialmente aquella en la que tienen que cruzar un corredor plagado de monstruos mutantes. Normalmente, a pesar de su ferocidad, no matan a nadie. Pero si pueden dejarte un garrazo de recuerdo o quedarse en prenda un trocito de tu brazo. Es espeluznande, da asco, da miedo...es digno de ver. No puedo apartar los ojos de la arena.
Grito y aplaudo como la que más.
Ya necesitaba yo un descando, desfogarme un poco.

Los que son tocados (quien dice tocados dice casi troceados) por uno de los monstruos, se convierte en monstruo también, en virtud de una original mutación. Así, la fila de participantes se muestra ansiosa ante la actuación del resto. Saben que si los otros consursantes logran cruzar sanos y salvos, aumentarán su puntuación y serán rivales más difíciles... pero por otro lado, si fallan, acabarán engrosando la ya nutrida tropa de monstruos mutantes. El último concursante, al final de la nerviosa fila, parece realmente acojonado.

No es esta la única prueba. También está la clásica de las hamburguesas y una en la que tienes que lanzarte contra una puerta. Sólo un umbral conduce a la victoria, pero no saben cual es. Detrás de algunas puertas hay horrores innombrables, en otra un lago cuyo poder es convertir a la persona en chica (si ya eres una tía, te conviertes en un panda)

Hay un sin fin de pruebas pero, en una en concreto, sacan a un voluntario del público. Hay un foco que recorre las caritas espectantes en las gradas y tras unos agónicos minutos, se para en alguien. Su cara aparece a la vista de todos en un monitor gigante, desde el cual se retransmite todo lo que ocurre. A mi el foco me señaló, pero yo estaba despegando un chicle de las chanclas y ni me enteré asi que, intentando enmendar el error, el haz de luz corrige su trayectoria y señala a Irene, la chica sentada a mi lado.
Es menuda, con el pelo oscuro cortado en una discreta melenita y la piel muy blanca. Por debajo de su flequillo los ojos se le iluminan por la emoción. Parece entusiasmada con la suerte que ha tenido. De repente, y sin aviso ninguno, se levanta rapidamente de su asiento y me arrastra con ella.
Cogida de su mano, llegamos al lado del presentador que, como en un circo de los más rancios, explica la prueba, a grito pelao (¿para que cojones lleva micrófono?), cómo si nuestra vida fuese a pender de un hilo. A mi me entra el miedo y, cómo no, las ganas de hacer pis (es por los nervios...)

En realidad, se trata de montar en una especie de montaña rusa que va rapídísimo y que te lleva por aros de fuego, cataratas donde hay hadas que te tiran del pelo y, por supuesto, montruos mutantes con tentáculos y los dientes afilados, como enormes máquinas de cortar mortadela. Parece peligroso... pero sólo lo parece. En realidad, nunca pondrían la vida de los turistas en peligro. Este rumboso espectáculo es uno de los grandes atractivos que tiene el planeta y el turismo estelar es una fuente de ingresos que hay que mimar.

Casi se me desencaja la mandíbula de tanto gritar, los ojos me dieron cien vueltas y estuve a punto de vomitarle a Irene encima. La gente, cuando pasábamos por su lado a toda velocidad, casi rozándoles, nos lanzaba cacahuetes, palomitas y latas de refresco. Menudos cafres!

Al terminar el espectáculo, decidimos que antes de volver a casa tomariamos algo en una taberna cercana. Ya era de noche, y las emociones del día habían tenido que esperar, impacientes, sentadas en la fría piedra de los asientos, hasta que terminó el concurso. Necesitaban expresarse...
Por cierto, el espectáculo se saldo sin ningún muerto. Dos se mearon encima, una mujer perdió una pierna y otra perdió una antena. Pero no fue nada grave en realidad.

Cuando llegamos a la taberna, "Melaza de Klingon" se llamaba, pudimos por fin comentar lo sucedido y repetir las anécdotas del día una media de 100 veces. Porque es lo que suele pasar, que comentas lo mismo una y otra vez cómo sacándole todo el jugo. Exprimiendo el momento al máximo y disfrutando aunque lo has oido mucha veces y, es más, tu estabas allí y lo viste.
Es taaaaannn emocionante!!!
Lo malo es que, con tanto alcohol, terminamos muy desfasados. El novio de Irene estaba cantando encima de la mesa y tocando la gutarra aerea. Irene estaba coqueteando con el camarero, que era indígena de allí y no entendía como alguien tan pequeño podía acumular aire suficiente para hablar tanto, y tan seguido.
Yo estuve hablando con la familia del camarero, dueños del local. Estuve riendo con los niños y acunando al más pequeño. Los bebes allí, hasta que no alcanzan el año de edad, tiene el tamaño y el aspecto de Rollitos de Primavera. Cómo los que aquí cenamos en el chino.
Son tiernas criaturitas que dormitan y crecen dentro de su pequeño envoltorio de ojaldre.

Empecé a marearme. No debí haber bebido aquello tan picante, no debí picarme con el plutoniano a ver quien bebía más chupitos ni debí contarle aquella anecdota de cuando me pillé el párpado del ojo con la cremallera de un jersey. Pensando esto, salí por la puerta trasera de la taberna y me encontré en el bosque. De día y visto desde la nave no parecía tan amenzador pero ahora, en noche cerrada, era vaporoso y realmente oscuro. Tan frondoso, que desistí de dar un paseo. Sobretodo porque, cómo buena prota de peli de serie B, había dejado mi pistola laser en dios sabe donde (en el baño, con los clinex que me llevé por si no había papel)
Escuché ruidos extraños, chasquidos, aullidos, silvidos, y ese "mimimimimi" que hacen los insectos de las películas. El miedo me puso rígida y olvidé todos los efectos del alcohol. Ya no estaba borracha y sentía frío. Volví sobre mis pasos para encontrar la puerta del local pero comprobé que sólo se abría por dentro. Tendría de rodearlo y entrar por la puerta principal. Me estaba meando, otra vez.

Cuando giré la primera esquina, encontré de frente, a unos metro de mi, un animal enorme, parecido a un lobo pero sin pelo (luego, no era adorable en absoluto). Era una mezcla entre un lobo y un reptil, y tenía una lengua larga y, cómo no, babosa y moqueante. Me quedé paralizada. Empezó a gruñirme y eché a correr.
¡¡MIERDA!! Cual novata, eché a correr hacía el bosque, internándome en la espesura y completamente aterrada. El bebe, sujeto en mi mano, y las chanclas, impidiendo mi avance. Era imposible ser más rápida que él. Que "aquello".
Trepé a un arbol con las últimas fuerzas que me quedaban. No había ramas altas y abajo se juntaron más especímenes de aquellas criaturas. Grité, con mi voz aguda y estridente, con lágrimas en los ojos y sorbiendomé los mocos. Los animales saltaban cada vez más alto y estaban cada vez más furiosos. Casi me alcanzan. Uno enganchó mi pierna y estuve a punto de caer. Seguí gritando y aún lo hice más cuando, en un momento en qué perdí el equilibrio, me balancee peligrosamente sobre la rama y uno de los bicharracos aprovechó para saltar. Agarro entre sus fauces al indefenso bebé-rollito de primavera.
Cuando sus patas apenas tocaban el suelo, la mitad del cuerpo se volatilizó entre un humo azulado. Le habían disparado.
El padre de familia se acerco al arbol y disparando aullentó a las bestias. Mientras yo bajaba, me llamó de todo, me insultó y me gritó. Resumiendo, me dijo que era la jodida turísta más estúpida que había conocido en su vida. Era lógico pensar que hubiese una fauna hostil en aquel planeta y yo, si no hubiese sido tan estúpida, o estado tan borracha, no se me hubiera pasado por la imaginación abandonar la luz, el calor y la seguridad que brindaba la taberna.
Cuando llegué el suelo, vi que Irene y Carlos estaba también allí, esperandome tensos y con cara de "ha faltado un pelo".
Me agaché inmediatamente para recoger al rollito de primavera y entonces el tabernero se paró en seco. Comprendió lo que habia sucedido y me arrebató a su retoño.
Di gracias de que hubiese sobrevivido. Se había dañado la crujiente cubierta pero el tierno y delicado contenido estaba intacto y seguía durmiente, ajeno a lo sucedido y soñando con ser de mayor un bateador famoso. Cuando vimos que nada le había sucedido, sonreí al padre aliviada y sentí, en apenas un segundo, su tentáculo rodeando mi cuello. Carlos e Irene gritaban pero el apretaba cada vez más, seguro de que yo merecía la muerte por haber puesto en peligro a su pequeño.

Suerte que Irene había ido al baño después que yo y que, además, ella no bebe. Le apuntó con el arma a la cabeza y tras unos minutos en los que me vi reducida a papilla de Isadora, la presión se aflojó. Me soltó y le obligamos a entregar su pistola volatilizadora. Sin perder más tiempo, temerosos de que alguien más nos echara en falta y la situación se complicara, echamos a correr en dirección a la nave.

Estaba lejos y nosotros estábamos cansados. Detras de nosotros, una orda de indígenas furiosos enterados ya de lo sucedido, nos perseguía gritando. Agitaban como armas lo primero que habían cogido y les acompañaban unos cuantos turistas borrachos y tambaleantes. Debieron pensar, supongo, que era otra atracción del planeta y que una caza de personas en plena madrugada era tan excitante cómo cualquier otra diversión propia de un planeta extraño, auque tuviesen que abandonar (algunos) su bebida en la barra.
Nos dolían los pulmones, las piernas y hasta el alma cuando llegamos a la nave. Ninguno podía hablar. Y cuando pudimos hacerlo, recuperado ya el aliento, nos quedamos en silencio. Pensando.
Pasado un rato, alguien sacó unas cervezas y empezamos a rememorar. Repetimos una y otra vez las anécdotas "¿Viste su cara cuando vió al bebé??" "menuda mierda de cuarto de baño..." "tenía la situación controlada cuando llegasteis..." Cada vez nos reiamos más y nos fuimos relajando.
Seguimos así hasta que llegamos a casa. Y al día siguiente cuando nos volvimos a ver.
Eso si, otro planeta al que no podríamos volver. De ahora en adelante, me limitaré a la Guía del Ocio para planificar mi fin de semana.

lunes, 16 de julio de 2007

Manual de chapuzas: Capitulo 1. Hacer críticas

Antes que nada, hay que mentalizarse de que el conflicto no es siempre algo negativo. En la práctica, puede ser muy beneficioso, un momento de crisis donde todo se sacude, se desestabiliza. Un puzzle cuyas piezas se vuelven a unir después en una combinación mejor que la anterior.
Cuando al fin, tras varios roces, discutimos con un amigo, lo que puede resultar de ese conflicto es una relación mejor. Puede que, afrontando un conflicto con nuestra pareja, demos un giro a la relación y se resuelvan problemas que de otro modo se hubiesen enquistado.

De acuerdo. En este momento alguien puede venir y meter mi escuálido culo en la jodida trituradora de carne..¡ PAREZCO UN LIBRO DE AUTOAYUDA!!
Creo que voy a llorar... ¿cuando me he convertido en esto??

Da igual. Soy cómo el capitalismo y absorbo mis contradicciones.
A lo que viene esta entrada, inusualmente formativa, es a esbozar las cosas a tener en cuenta para realizar críticas. Ahí van:

- Lo primero es mantener la calma. Mucha gente cree que la discusión es para desahogarse y decir lo primero que te viene a la cabeza, pero esto sólo estropea más las cosas. Añade troncos a la hoguera que tendremos, al final, que apagar. El autocontrol es importante, hay que evitar lo de "No pensaba lo que te dije... en serio". Pues no se si lo pensabas pero el daño ya esta hecho, y si lo has dicho, aunque ahora te retractes, será por algo. Muchísimas discusiones comienzan por una tontería y se recrudecen por algo que se dice después, en el calor de la confrontación. Vamos, que se termina discutiendo por algo más grave que el motivo por el que empezó todo.

- Tener el permiso del otro/a para hacer la crítica. Basta con un "¿te puedo comentar una cosa?" o bien "hay algo que me ha molestado y me gustaría comentártelo...". Esto sirve para que se valla haciendo a la idea y para que tenga la oportunidad de decirte que este no es un buen momento, o que ahora está ocupada y no se va a centrar en la conversación. Una vez, tuve una discusión con una persona que me levantó de la cama. Estuvimos enfadados meses. No se me puede decir nada hasta que me lavo la cara, me tomo el café y me fumo mi primer cigarro. No se me puede hablar y, si lo haces, lo mejor que puede pasar es que acabemos cabreados. Lo peor, que te saque el corazón con la cucharilla del café.

- Ser muy concreto en la situación o comportamiento que nos molesta. No vale empezar a divagar, porque entonces a la otra persona no le queda claro cual es el problema. Si empezamos a mezclar, en lugar de discutir el hecho en sí, acabaremos metidos en una ensalada de " ...y el otro día te comiste mis patatas" "pues tú te aliaste con los ventru para quitarme mi capilla". Total, que se juntan un montón de cosas que puede, incluso, que ya se hubieran resuelto.

- Hay que expresar nuestros sentimientos y opiniones. No es agradable que juzguen un hecho desde la óptica moralista y objetiva de un juez distante. Si le haces a alguien una crítica, que sea porque a ti te afecta, porque te importa esa persona o las consecuencias de sus actos. No se trata de ir por ahí diciéndole a la gente lo que a ti te parece bien y lo que no. Las críticas tienen su sentido, que es provocar una mejora.

- Ponerse en el lugar del otro. Es siempre recomendable ya que no todo el mundo es igual y, por tanto, no se pueden decir las cosas de la misma manera. Bien porque estamos tratando con alguien muy sensible, bien porque necesita una explicación más clara para enterarse de que te ha jodido algo que ha hecho. Pensar en cómo puede ver las cosas el otro, ayuda a exponerlas. Incluso, puede con mediante este ejercicio de empatía descubramos que la crítica que pensábamos hacer no tiene sentido, que el comentario grosero no era más que una broma. Algo para no enfadarse, por poner un ejemplo tonto (Aunque la explicación parezca larga, de verdad que intento simplificar)

- Dar alternativas. Ofrecer soluciones siempre demuestra un interés en solucionar las cosas, no es una crítica "por joder" cómo se suele decir. Sino un problema que se plantea para solucionarlo. Además, ofreciendo alternativas exponemos de forma más sencilla lo que realmente esperamos, lo que queremos cambiar.

- Agradece el cambio, si la persona lo lleva a cabo. Huelga toda explicación de esto, creo.

También es recomendable comenzar con algo bueno de la otra persona. Hace que quien recibe la crítica no la vea cómo un ataque sino cómo una muestra de interés, cómo algo constructivo. Puede ser como: "mira Isi, me gusta quedar contigo, pero que llegues una hora tarde hace que se estropee en cierto modo la velada".

Estos principios, se destilan en las "Frases Yo", que no son sino un tipo ideal, que cada uno debe adaptar a la situación y a su persona. La frase yo se estructura de la siguiente forma:

- con un "Yo creo" (es algo subjetivo, a ti "te lo perece" pero no tiene porque ser un juicio absoluto)
- "que este comentario que has hecho" (el hecho en concreto, no una generalidad)
-"es un poco borde" (aportamos el problema, aportamos nuestra percepción del mismo).

- "Me gustaría (expresamos el deseo personal)

- " que intentaras no volvieras a hacerlo" (ofrecemos la alternativa, eliminar ese comentario y similares)

Queda algo así: "Me molesta que me estés gritando, porque no puedo concentrarme en hacer esto. Me gustaría que me hablases en un tono normal".

Un último apunte: No generalizar. No es lo mismo que te digan que tu comentario ha sonado borde, a que te digan que Tú eres un Borde. No es igual decir que hoy has llegado tarde, a decir que eres una desconsiderada. Hay que ceñirse al hecho, no extenderlo a un juicio de toda la persona, de su personalidad y la forma en qué hace las cosas.

Todo lo expuesto, parece obvio (lo es) y bien sencillo. Pero habitualmente no lo hacemos, no lo tenemos en cuenta y, enfadados o molestos, nos relacionamos de una forma muy agresiva, o, según la persona, muy pasiva.

Para el siguiente capítulo (pero más adelante para no saturar) publicaré las pautas a seguir para recibir una crítica y también, los estilos de relación Asertivo, Agresivo y Pasivo. Y cómo es mi fiesta y lloraré cuando quiera, lo haré sin previo aviso para pillaros desprevenidos.

Disculpe, pero...


Aseguraría que todos, en uno u otro momento de la vida hemos querido ser Michael Douglas en la peli "Un día de Furía":
- ¡¿QUE?!! ¿que no va a darme mi Chiniwini con queso porque son más de las doce?!!
Vete a la mierda. No quiero el "Winipollo especial mediodía", quiero el chiniwini con queso... Mira canija...
Y entonces, sacar la recortada y conseguir la puñetera hamburguesa.
Y eso, que yo aborrezco las hamburguesas. Aunque esto es poco común, responde a su corta, cortísima vida. Similar a la de las moscas.
Cuando me siento delante de mi Chiniwini con queso y sin cebolla, lo encuentro de lo más apetecible. Cuando empiezo a comerlo y descubro que está empapado, literalmente, en mierdi-mayonesa, me empieza a dar realmente asco. No se distinguen los sabores, todo está blando y se va convirtiendo ante mis ojos en una masa informe, llena de grietas y chorretones... ¡Puaggg!
Cuando voy por la mitad lo abandono a una muerte solitaria y tranquila. Me repugna. Es cómo notar que se va pudriendo poco a poco, que deja de estar caliente y va perdiendo forma y consistencia. Cómo un espejismo pringoso.

Esto (me permitiré un inciso) me recuerda a un episodio traumático de mi infancia: el día que me dejaron en la guardería. Mi problema no era entonces, siendo yo bien pequeña, el madrugón o la gente. Yo era una niña sociable y sólo me habían aparcado allí para que, en una hora o dos, me llevarán al colegio.

Sin embargo, cuando entré descubrí que era la "Hora del Desayuno" y las cuidadoras llenaron muchos vasos de leche caliente. Me asquea la lehe que ha sido calentada y apunta ya maneras de convertirse en nata. No puede haber nada más repugnante que beber algo de sabor asqueroso y encontrar tropezones (trozos de nata). Me dan arcadas sólo de pensarlo.
Pero esto, la perversión de la leche, no era lo peor. Cuando los vasos estuvieron llenos añadieron al menos 4 galletas en cada uno. Una barbaridad. Y las removieron. Cómo brujas malvadas, repartieron aquel engrudo donde nada podías comer ni beber. Era algo que desafiaba las leyes de la física por su densidad. Una suerte de papilla poco licuada.
Yo perdí mi vaso por ahí... lo abandoné en una esquina e intenté olvidar aquella imagen espantosa. Yo, que entonces era cursi y delicada, me puse a pasear por la guardería que tenía varias habitaciones descubriendo en cada una niños de todas las edades con aspecto, casi todos, de abandono. Niños que se habían meado encima, niños que tenían el acuaplas de galletas esparcido por la camiseta, niños que lo tenían esparcido por todas partes... Niños que lloraban y bebes a los que les cambiaban los pañales. Demasiados párbulos para tan pocos adultos. Nuestra superioridad numérica era alarmante, de no considerar el estado anímico de los allí reunidos. Todos parecía tristes y los que lloraban...¡TENÍAN MOCOS!!!
Hay pocas cosas que me den más asco que los mocos colgando, liquidos en su mezcla con las lagrimás, delizándose por la cara y acercándose peligrosamente a la boca... ¡Aggggggg!!

Definitivamente, lo recuedo como si, con aquella mirada infantil e ingenua, hubiera paseado durante una hora por un campo de concentración, o por algún tipo de sala en la que se reunieran las víctimas de una catástrofe. Supongo, ahora desde la madurez, que era una exagerada y que no fue, ni por asomo, tan drámático. Que lástima, de todas formas, que siempre desconfiemos de los recuerdos infantiles.

Después de este inciso, más bien largo, retomaré mi día de furia. En realidad, se limita a mi momento de furía añoche, en el metro (2:00 am.). Cómo es habitual, coincidí en el vagón con un tío borracho (cada día uno distinto, podría hacer colección) que consideró divertido sentarse a mi lado e prácticar sus estrategias de ligoteo. Y yo, que soy dulce y educada, le indiqué que no quería hablar. Luego él insistió y yo le ignoré, haciendo que estaba concentrada en mi lectura, aunque en realidad estaba tensa y agarrotada.
Al fin, agotada de estupideces, saqué la recortada del bolso, le apunté a la braqueta y le miré con una de esas miradas que tan claro lo deja todo, y que es en sí misma una amenaza muy concreta ("metete tu chiniwini por el culo, mamón") El asunto quedó así zanjado. O se hubiera quedado zanjado si yo, en la realidad y no sólo en el terreno de mi imaginación, hubiera hecho realmente eso. Pero no lo hice, no llebaba arma alguna en el bolso, ni tenía arrestos para la proeza descrita. Me quedé allí, intentando capear la situación y deseando con todas mis ganas que llegara ya mi parada.

En cualquier conflicto o discusión, ya sea en la cola de una tienda, con un funcionario, con un amigo íntimo o en medio de un conflicto armado, la primera palabra que sale de mi boca siempre es la misma: Perdone.

"Perdone, pero estoy leyendo" fue lo que le dije al pesado de anoche.

Perdone... pero no me apetece notar su hedor y aguntarle las gilipolleces. Disculpe que al salir de trabajar no me apetezca charlar con un desconcido borracho, perdone que no sienta una tremenda atracción sexual ante su cara de beodo y esas cejas que se unen en una... Discúlpemé, caballero, pero su roce me da más asco que la leche caliente....

Todas las estas frase se ajustan, a mi pesar, a mi repertorio habitual: "perdona, pero no me hace gracia que me pongas los cuernos" o "disculpe, le importaría dejar de torturarme con esos alicates al rojo vivo... ". Una de las que más he dicho en toda mi vida, y no es broma, es la de "Perdona araña, ¿podrías marcharte de aquí?" Cómo mucha gente, siempre pienso que por el hecho de que a mi me aterrorice un ser, este no tiene porqué morir aplastado. Y, basado en razones más egoístas, también me da miedo que las arañas de su familia vengan todas en tropel a buscarme, sedientas de venganza por la muerte de su hijo pródigo.
Si, mi mente funciona de esta manera. Y no, no tomo medicación alguna.

No es que me encante ser así. A veces me gustaría plantarme y no tener tantos absurdos miramientos, que no hacen sino prolongar la agonia. A veces creo que debería tomar prestada alguna frase de Brus Willis para zanjar una situación, o echar mano de más mala uva, simplemete.
Normalmente no lo hago por dos motivos:
- Siempre (casi siempre) creo que la mayoría de las cosas por las que nos cabreamos, se deben a malentendidos. Que casi nunca nos ponemos a pensar cual ha sido la percepción de la otra persona. Nos enfadamos con alguien porque vemos lo que nos ha hecho y a lo mejor lo que pasa es que, a su vez, estaba molesto por algo que nosotros hicimos sin querer. O que lo ha hecho sin darse cuenta... No valora el hecho cómo nosotros.

- Siempre (casi siempre) valoro los actos de las personas en función de sus intenciones. Si las consecuencias han sido nimias pero los sentimientos que las impulsaron eran mezquinos, me cabreo. Mucho. Si las consecuencias son horribles pero creo que no hubo mala intención, definitivamente no me enfado.

Estas dos premisas, junto con mi natural predisposición a creer que casi nadie actúa de mala fé, hacen que la mayoría de las veces no vea mi enfado cómo legítimo, y que, no nos vamos a engañar, ceda tan facilmente y sea horriblemente vulnerable al chantaje emocional. Incluso cuando soy consciente de que lo están usando.

Por otra parte, me planteo habitualmente las discusiones cómo una vía para resolver el conflicto, no para dar rienda suelta a mi cabreo, ni para desahogarme, ni para reivindicar nada. En el calor del momento, esas cosas no hacen sino empeorar las cosas. Algo que considero muy útil para evitar los conflictos (al menos un tipo de ellos) e incluso para resolverlos, es Saber hacer críticas, y también saber recibirlas. Son habilidades estas que es necesario aprender y ejercitar, cómo la asertividad o la empatía de las que, en cierto modo se alimentan.

Cómo en esta entrada me estoy alargando hasta el infinito y más alla (y soy extremadamente considerada), voy a crear otra entrada a continuación sobre las Críticas, hacerlas y recibirlas. Así, si alguien pasa del "sermoncito" o, cómo le sucede al pobre Tirso, ya me lo ha oido varias veces, puede saltarse la entrada. Elegir la escalera de la derecha y pasar a la página 24.
Al fin y al cabo, casi soy la única persona que lee el blog, por lo que tengo asegurado su público.


domingo, 15 de julio de 2007

Jugar a las definiciones.

Antes de empezar, dos definiciones sencillas, para no pecar de dar demasiadas cosas por supuestas...
GÉNERO: Construcción social histórica y cultural de los seres humanos en función de su sexo desde su nacimiento.El género como construcción cultural, diferenciándolo del sexo como término relacionado con las características fisiológicas diferenciales de hombres y mujeres.
ESTEREOTIPOS DE GÉNERO: Ideas simplificadas, pero fuertemente asumidas, sobre las características de los varones y de las mujeres.

En un libro sobre sexismo y coeducación, resuelven la cuestión de los “estereotipos de género” afirmando que debemos evitar la dicotomía cuerpo – mente. No es útil, sino muy al contrario, negar la corporeidad de cada persona. Como resultado de esta fórmula, lo que distinguiría a los hombres y a las mujeres, es su cuerpo y, cómo resultado, el niño no debe sentir confusión alguna o vergüenza si decide pintarse las uñas o ponerse falda (algo tradicionalmente asociado a la mujer) ni ha de penalizar (excluir, insultar...) a una niña que lleva el pelo corto y es muy fuerte. Tanto para su desarrollo integral como para la relación de los demás, es necesario que se sientan cómodos en su cuerpo y que entiendan que uno no es "menos niño” por jugar a las cocinitas y que una niña no es menos femenina por no llorar y odiar los pintalabios. Esto, como todo, tiene que entenderlo el controvertido niño, y el resto de la gente. Que aún recuerdo el disgusto de mis padres cuando mi hermano se pintó las uñas…

En nuestro código genético, en nuestra naturaleza, no hay nada en principio que convierta a las mujeres en compradoras compulsivas de maquillaje ni que obligue a los hombres a no querer (o saber) hablar de sus sentimientos. Y estas características, tan clásicas, tan manidas… aún no están superadas, y persisten tanto en la percepción que tenemos de nosotros mismos cómo en las relaciones con los demás. La desviación del estereotipo es, además, socialmente penalizada (y no me meto ya con no ajustarse al canon de belleza…) por lo que ciertas virtudes, cómo la autonomía o la fuerza, pueden menoscabar la “feminidad” de alguien, o bien, algo tan fácil como llorar en una película, perjudicar la “imagen varonil” de un chico.

Llegados a este punto, no puedo estar más de acuerdo con la teoría expuesta y, por estas y otras razones, con la reivindicación del cuerpo, como parte integrante de nosotros, como cúmulo y receptor de experiencias, no separable de la “cultura” o de la “mente”. No obstante, y como suele sucederme, choco aquí con la evidencia de la transexualidad. De aquellas personas en las que el sexo con el que nacen, no se corresponden con el género que viven, o con el que se identifican a todos los niveles. Pensando en esto, que me parece un auténtico desafío para las teorías de género, dudo si es conveniente defender que el sexo, el cuerpo con el que nacemos, es aquel que define si somos hombres o mujeres. De hecho, siempre he defendido que la esperada correspondencia no debe actuar como una cárcel, y que una mujer puede sentirse y comportarse, ser percibida y relacionarse como mujer, sin necesidad de pasar por las dolorosas transiciones físicas que supone un cambio de sexo (si alguien pretende relajar esta concepción de las operaciones, que mire en que consisten y, lo peor, sus consecuencias. Podéis buscar por “micropene”) Baste recordar, en cuanto a correspondencias, aquello de “si eres una niña, te gustan los niños…”. Supuesta correspondencia que mucha gente, yo incluida, se pasa por el forro.

Defiendo, más por la ingenua teoría que por los casos que he conocido, que es preferible ser “transgenero”. Es decir, ser una mujer, o un hombre, sin necesidad de acomodar los genitales a tal etiqueta. Sin embargo, entenderéis mi confusión si nos planteamos, más allá de estereotipos, qué es “ser una mujer”. O qué es ser un hombre, lo mismo me da. Siendo el género una construcción social que, lógicamente, va cambiando con el tiempo (que ser mujer hace 100 años no era lo mismo que serlo ahora), me resulta difícil definirlo. Y no, no vale diferenciar entre personas que tienen la regla y personas que no, que si nos ponemos así entonces la menopausia nos convierte en seres asexuados.

Porque “ser mujer”, es algo que se aprende, y no solo interviene uno mismo, sino los demás, la pura interacción. No vale con que tu te manifiestes como mujer, sino que los demás han de tratarte cómo tal, reconocerte cómo mujer. Ya sabemos, que la educación y la socialización están unidas fuertemente al género y hay demasiadas cosas que están sexuadas.
Siendo así, podría decir que el cuerpo es el qué define si somos hombres o mujeres, salvo excepciones. Pero… ¿Qué define estas excepciones? Si no son mujeres por el cuerpo en qué nacieron (ni por cuestión de hormonas y procesos físico-químicos) lo son en función de… ¿de qué? ¿Lo son porque cuando eran pequeñas les gustaba jugar a las cocinitas y ahora se vuelven locas por una falda del Zara? Visto lo visto no. No pueden ser estas diferencias los criterios de distinción, puesto que una “mujer” puede no ajustarse en absoluto a los estereotipos generalmente aceptados, entendiendo por supuesto que estos cambian dependiendo de muchos factores cómo la cultura en la que creces (que los roles y las expectativas no son los mismos para una mujer de aquí, que para una esquimal, por poner un ejemplo fácil)
Tampoco podemos afirmar que son mujeres porque son más “sensibles” e “intuitivas” pues son virtudes asociadas a un estereotipo (limitado como digo a una generación, a una cultura, a un tiempo concreto…) y de las que no podemos, ni debemos, privar a los hombres (en el “desarrollo integral” de una persona, se incluye tanto la autonomía cómo la intuición y la sensibilidad, entre otros) Cómo digo, no hay nada, absolutamente nada, que nos haga nacer más capacitadas para cuidar a los niños y a los ancianos, o para llevar con soltura la parte emocional de una relación. Todo esto, es una preparación y un entrenamiento a conciencia, diario y que nunca se acaba. Una disciplina que quizás empezó con “que niña más dulce” y siguió con los regalos de bebes de plástico y cocinitas. Si hubiéramos jugado más al “Lego”, a lo mejor tendríamos, muchas de nosotras, mejor visión espacial. Y si le hubieramos pasado el "Nenuco" al vecinito del quinto, puede que enfermería o pedagogia no fueran "carreras de niñas".

Pero volviendo a mi pregunta, ¿Qué es ser una mujer? A lo mejor, no he tratado a fondo el tema de las hormonas, o bien es algo tan abstracto como un tipo de relación con los demás y con nosotros mismos… No lo se. La idea de excepción, referida a los transexuales, debe tener una base, una explicación de cual es el factor, no siendo el cuerpo, que les define como mujeres o como hombres. Qué es lo que hace que una niña que jugaba al fútbol de pequeña lo cuente, ya de adulta, como una anécdota curiosa, y otra lo presente como evidencia de que no estaba en el cuerpo correcto. Si se sentían mujeres, no habiendo nacido como tales, ¿qué es lo que sentían exactamente?

viernes, 13 de julio de 2007

Expectativas

Por todos es sabido que, de las expectativas, pueden surgir resultados increibles o tremendas frustraciones.
Esta mañana, he ido a visitar otro piso. Y este, lejos de ser el horror que yo esperaba, era un digno hogar, muy luminoso, acogedor, con una cocina preciosa y nueva, y un salón que, aunque pequeño, disfrutaba de dos fantásticos balconcitos.

Lamentablemente, como Tirso y yo no somos pareja, nos ha decepcionado compobar que una de las habitaciones era pequeña, y la otra, diminuta. Tanto es así, que hemos dudado seriamente si una cama de 80 entraría. Además de la parquedad en metros, hay que contar con que las habitaciones eran trapezoidales, lo que viene a significar una perdida de metros que no podemos permitirnos.
Las condiciones de alquiler, no obstante, eran sorprendentemente buenas. El posible casero, hombre fornido y bajo, calvo y con todo el aspecto de haber sido en otro tiempo un luchador profesional de Presin Catch, se ha mostrado de lo más comprensivo cuando le hemos hablado de nuestros mierdi-contratos de Obra y Servicio. Tan sólo nos pedia el alquiler del mes en curso, por adelantado, y una fianza de un mes. Esto, que parece tan razonable, es cómo ya he comentado en más de una ocasión, algo completamente inusual. La mayoría de la gente te obliga a pagar varios meses por adelantado y a que firmes un papel donándole a tu primer hijo, cuando lo tengas.

Pero cómo digo, el hecho de que que no seamos pareja nos impide prescindir de una cama. No podemos pagar el alquiler de una habitación donde ni siquiera un pequeño camacho encontraría su lugar. Quizás... si a Tirso no le importara dormir en una amaca...
Lo cierto es que, tanto las amacas, como el alquiler de locales u oficinas, o la posibilidad de compartir cuarto, permanece aún en el terreno del Plan B. Cómo penúltima opción, por delante de alquilar una plaza de garaje.

Lo peor de esta encrucijada, que se resume en "Mas vale piso canijo en mano que ciento volando", es pensar que si pasamos del piso puede que la próxima semana, o las siguiente, no encontremos ningún otro. Y nos acercamos peligrosamente al abismo, al momento de crisis máxima que comienza con la primera semana de Agosto, cuando mi horario me hará imposible regresar a casa y tendré, por tanto, que empezar a acumular cartones, llevarme en el bolso un brik de vino, y tirarme en la calle más acogedora que encuentre.
Siendo así, no adivino cuanto tiempo podré mantener el susodicho empleo.

Estoy ya, al borde de un ataque de nervios.
Esta tarde, llendo a comprar papel higienico y tampones, me he planteado seriamente mientras hacía pucheros, comprarme una botella de vino. Terminármela en pocas horas, encerrada en casa y llorando a moco tendido, como Britget Jones o como la prota de una peli de las tres y media. Hasta ahí llega ya mi agotamiento mental y la frustración, la tristeza y la desesperanza que se está filtrando en todo lo que hago.
De verdad que no quiero que este blog se convierta en algo propio de una adolescente doliente, con largos monólogos sobre el sinsentido de la vida, con mucho "nadie me entiende" y con el melodrama por bandera. Yo quería, unicamente, un lugar para desvariar, para relajarme y escribir todas las tonterías que pasan por mi cabeza... que son casi infinitas.
Pero hoy, como ayer, y como todos estos días, no estoy de humor para aguntarme a mi misma y a mis chorradas de "paso de implicarme y hacer algo en serio porque así no corro el riesgo de cagarla".
Hoy estoy de lo más cansada.

Cómo colofón a este día, he ido a las 16:00 a ver otro piso. He esperado en la calle durante media hora disfrutando de la tempertura y el sol. Mi cerebro ahora parece un churrasco. La mujer que debía enseñarme el piso no ha aparecido y yo estaba con el movil sin batería. He arrastrado mi cuerpo sobre las chanclas, que se estaban fundiendo con el suelo. Buscaba un bar donde mis 70 céntimos me sirvieran para contactar con la mujer...
Pero la cabina no quería mi dinero, no era suficiente. La gente me miraba con lástima, porque he estado casi 15 minutos ( no es broma) echando dinero y recogiendoló. Lo mio es la perseverancia. No me hubiese estrañado si alguien, con buena intención, se hubiera acercado para decirme "... mira bonita, es que esto... no es la tragaperras".

viernes, 6 de julio de 2007

El Hombre de la Ortiga. (No es un relato romántico)

Bienvenidos a otro día en el infierno. O lo que es lo mismo: La Busqueda de un Hogar.

Por sorprendente que parezca, aún no me ha llamado nadie para ofrecerme un precioso piso en el centro, barato y espacioso. Nadie. Una ya no sabe que esperar de la vida...

De momento, me entretengo matando marcianos y supervillanos (lo de matar es relativo, que ya se sabe que luego hay muchas dimensiones alternativas...)
Ayer mismo, por ejemplo, estaba yo en el metro cuando vi que compartía vagón con un hombrecillo joven y con pinta de ingles, que llevaba una maceta en la mano. ¿Una maceta en el metro? Que truco más viejo... Está claro que lo hacía para desviar la atención de sus malignas intenciones. Inmediatamente, le lancé mi mirada más hosca y amenazante (lo que no es decir mucho, la verdad) El chico, sin notar apenas mi presencia, comenzó a hablar con una adorable mujer. Ella, sonriente y risueña (¿sonriente y risueña en un vagón lleno y sin aire acondicionado? Sospechoso…) le contaba al estupefacto villano “las virtudes” de la ortiga (¿infusión de ortiga? Puaggggg...)

En efecto, la siniestra planta era una Ortiga.
Y todo el mundo sabe que las virtudes de la ortiga se reducen a su capacidad para generar anécdotas vergonzosas, y nada más. Algo del tipo “… pues estaba yo en el campo y me tumbé en unas plantas muy monas...y luego parecía que me hubieran pasado por la lijadora” Vamos, que todo el mundo ha hecho alguna vez la gilipollez. Yo incluso decidí jugar a las comiditas (a las comiditas de comer, pervertidos) en el parque partiendo ortigas para hacer “Sopa”. Imaginaos el resultado... fue casi peor que cuando me picó en el pie un pez araña (parecía que me habían amputado la pierna o algo…) o que cuando, con mi natural agilidad, caí entre unas rocas llenas de erizos de mar (cada paso me adentraba más en el universo de los faquires...) o que cuando un insecto gigante, venido obviamente desde el espacio profundo, se infiltro en mi camiseta limpia y me atacó cuando me vestía. Un enorme bicharraco negro con un aguijón gigante enganchado en mi bracito... Fue dramático, un ataque por sorpresa y sin escrúpulo ninguno. ¡En la ropa limpia!! Mimosin nunca volverá a tener la misma credibilidad. Eso desde luego.

Total, que ahí estaba el supuesto inglés escuchando “atentamente” a la buena mujer. Como todos habéis supuesto ya, en realidad se trataba de un asqueroso (bulboso y gelatinoso y... goloso) alienígena invasor, infiltrado y disfrazado, que se estaba comunicando en clave con su contacto en La Tierra. (Por favor.... ¡una ortiga! Era tan obvio...)

Por supuesto, yo en ese momento iba de incógnito y no llevaba mi supertraje, pero aún así me plantee sacar mi rayo láser casi mortal (que transforma el cerebro en Bob esponja) con silenciador incorporado. Pero no podía ser, pensé, llamaría mucho la atención un arma tan sofisticada…
Luego me plantee arrearle con uno de mis tacones, pero llevaba puestas (con todo el glamour del que soy capaz) una simples chanclas piscineras (auténtico plasticorri, oiga). Mis pies tardan siempre un tiempo en recuperarse de los días “súbete el ánimo pero no te aseguro como vas a acabar” Después, especulé que sería mejor en la cocina con el candelabro. Luego que con el puñal en la biblioteca…o con la cuerda en la sala de música. Al final, el ingenuo se bajó en la misma estación que yo, apenas sin gente. Sin testigos, y utilizando mi hipervelocidad, le di un empujoncito hacia la vía. Como quien no quiere la cosa.

Punto para mi, cero para los bulbosos.
Aparte de esto, he continuado la búsqueda de piso, con resultados nefastos. Mi empresa, Superhéroes S.A., se niega a facilitarme los papeles que necesito para que las instancias públicas me ayuden en la tarea. No quieren darme un papel firmado con sangre afirmando que, durante un año, me van a proporcionar el traje de superhéroe. Y tampoco un certificado de que, en apenas unas semanas, dirigiré mi propio equipo de heroicitos. Se niegan a colaborar con mi independencia.

Tirso, mi compañero, también parece bastante disgustado. Anoche me llamó para decirme que deberíamos asaltar la oficina de recursos humanos, laser en mano, y obtener por la fuerza los documentos. Sin rehenes, sin prisioneros. Sin piedad.
- La búsqueda de piso va fatal- me dice.
Y yo, ojiplática, claro. “¿Que va mal? Pues no me había dado ni cuenta…”
- ¿Me llamas para decirme eso? – le dije.
- Pues si.
- Ya…

En cualquier caso, agradecí infinito que él también se preocupase, y que me llamase tarde, cuando sabe que estoy sola y aburrida, y que se mostrara solidario. Gracias, amor.

Para terminar hoy, quisiera aclarar una cosilla que parece crear cierta confusión. Mi novia, Amparo, no es superheroina. Ya se sabe que liarse con alguien del trabajo trae luego problemas. En realidad, ella es miembro de un grupo bastante famosillo en determinados círculos y, evidentemente, Amparo no es su verdadero nombre sino su nombre artístico. El real, por motivos de seguridad, prefiero no divulgarlo.

Por cierto, si alguna de las afortunadas personas que me conoce desea que su nombre figure en este, mi blog, ruego me lo avise. Si no, los nombres aquí reflejados estarán siempre sujetos a la inventiva de la autora.

jueves, 5 de julio de 2007

Un Minuto Cuenta

A la 1:30 de la madrugada apago los complejos controles de mi Mierdibase Secreta para tomar el metro a la 1:32 h.
Voy muy justa, si.


Normalmente, un minuto antes ya estoy preparada. Además, bajo al andén prácticamente volando para poder llegar a tiempo. Pero hoy, HOY, el tiempo que siempre me juega malas pasadas, se ha adelantado. Ha sido más rápido que yo y no ha tenido ningún tipo escrúpulo, porque ya se sabe que el tiempo es cómo una princesa malcriada, caprichoso y egoísta.
Lo que quiero decir, es que el metro ha pasado un minuto antes de lo que debía. Tan sólo un minuto... Pero ha sido suficiente.

Preocupada, pero sin perder la esperanza (aún...), me he sentado con mi libro en el regazo para esperar al siguiente, y último, metro de la noche. El paso por mi estación es a la 1:40, lo que significa que me dará tiempo a trasbordar en Gran Vía. Sin embargo, en este día en concreto ha decidido retrasarse, exactamente, 2 minutos.

Cómo consecuencia de estas dos pequeñas e insignificantes migajas de tiempo, he perdido el metro que debo tomar en Gran Vía a las 2:00 en punto de la mañana y me he visto obligada a esperar el siguiente.
En Gran Vía es donde enlazo con la línea 5, que realiza parada en Ciudad Lineal.

En este punto, he pasado de "Adorablemente inquieta" a "Me falta un pelo para ponerme Histérica". Mi autobús sale a las 2:25. y el conductor nunca espera.

A las 2:23 estaba subiendo a toda prisa, cual cenicienta a punto de convertirse en una calabaza, los escalones de acceso a la calle. He levantado la vista para ver el inmenso y poderoso reloj encima de mi. Marcaba las 2:24. En apenas segundos he calculado si en un minuto podría recorrer la distancia que me separaba del autobús (seguro que si) Y casi en el instante siguiente, he mirado al frente y he visto El Vacío. La nada, la más absoluta ausencia de todo lo que importa... es decir, de mi autobús.
Se había ido. Se ha ido un minuto antes.

Estupefacta, y dolida por la traición, he mirado de nuevo al reloj y luego al hueco donde una vez hubo una lata con ruedas y los parroquianos habituales formando una deshecha cola. No lo entiendo, es imposible... me he dicho a mi misma varias veces.

Me he encendido el penúltimo cigarro y he dirigido mis pasos hasta el cajero. Miraba a todas partes temerosa de un atraco, una violación o un atropello... porque con las prisas he cruzado con el semáforo en rojo.

Con el dinero ya en la cartera, me he acercado a la carretera buscando una alternativa. Y cómo en un ritual antiguo, yo he levantado el brazo al ver el taxi y él se ha parado.

Pero se ha parado lejos. "¿No puede venir hasta aquí? Joder!! Entonces iré yo... " Y me he acercado con pasos torpes murmurando todos los insultos que me venían a la cabeza.

Cuando he querido abrir la puerta estaba cerrada, y el taxista me miraba horrorizado tirar del manillar cada vez con más saña. Le miro confusa y me dice que "No" con el dedo. Le pregunto, también con gestos y la cara pegada al cristal de la ventana, si no piensa llevarme (¿pero esto no es un puto taxi???) De nuevo con gestos, me contesta reafirmándose, me dice que ni de coña, que parezco una tarada, así, cargada de bolsas, con los ojos inyectados en sangre, el pelo revuelto y las chanclas piscineras, acosando a un indefenso taxista ( todo esto lo vi clarísimamente en sus ojos)

Con la rapidez mental que me caracteriza, he visualizado varias opciones:
a) Isi, cariño, estás tan cansada que has confundido un coche normal con un taxi...
b) Es un maldito villano que te ha reconocido y no quiere que le asocien con los buenos.
c) Vas a quedarte aquí toooooooda la noche... sola, pasando frío.... Como la cerillera del cuento.
d) ¿Que pasaría si, en este instante, le escupo en su elitista y puñetero cristal?

Total, que al final busco otro taxi y le envío un mensaje a mi novia para que sepa de mi desgracia y, paranoica que es una, para que si me pasa algo con el taxista psicópata sepa lo que ha sido de mi.

Me pongo a pensar en cosas que hacer si intuyo una situación de peligro... No se me ocurre ninguna. Entonces se me ocurre sacar el móvil en para decirle al taxista psicópata (de forma indirecta, por supuesto) algo cómo "Mira, soy una chica moderna y con móvil. Con amigos que, además, me están esperando ahora... y si me llevas a un descampado para descuartizarme y meterme luego en la trituradora de carne picada, posiblemente notarán mi ausencia"
Lo del móvil no funciono. Porque a mi estas cosas nunca me funcionan y el móvil, a mala hostia, va y se apaga. Se queda sin batería y yo sin el único medio de pedir auxilio en caso de encontrarme, de repente, en una peli de miedo ( menos mal que aún no me he teñido de rubia...)

Finalmente el taxista, que ha resultado ser un buen hombre que ejercita sus taras mentales y variados traumas en la intimidad (cómo cada hijo de vecino) me ha dejado en casa.
Ahora estoy a salvo, aunque soy un poco más pobre.