lunes, 16 de julio de 2007

Disculpe, pero...


Aseguraría que todos, en uno u otro momento de la vida hemos querido ser Michael Douglas en la peli "Un día de Furía":
- ¡¿QUE?!! ¿que no va a darme mi Chiniwini con queso porque son más de las doce?!!
Vete a la mierda. No quiero el "Winipollo especial mediodía", quiero el chiniwini con queso... Mira canija...
Y entonces, sacar la recortada y conseguir la puñetera hamburguesa.
Y eso, que yo aborrezco las hamburguesas. Aunque esto es poco común, responde a su corta, cortísima vida. Similar a la de las moscas.
Cuando me siento delante de mi Chiniwini con queso y sin cebolla, lo encuentro de lo más apetecible. Cuando empiezo a comerlo y descubro que está empapado, literalmente, en mierdi-mayonesa, me empieza a dar realmente asco. No se distinguen los sabores, todo está blando y se va convirtiendo ante mis ojos en una masa informe, llena de grietas y chorretones... ¡Puaggg!
Cuando voy por la mitad lo abandono a una muerte solitaria y tranquila. Me repugna. Es cómo notar que se va pudriendo poco a poco, que deja de estar caliente y va perdiendo forma y consistencia. Cómo un espejismo pringoso.

Esto (me permitiré un inciso) me recuerda a un episodio traumático de mi infancia: el día que me dejaron en la guardería. Mi problema no era entonces, siendo yo bien pequeña, el madrugón o la gente. Yo era una niña sociable y sólo me habían aparcado allí para que, en una hora o dos, me llevarán al colegio.

Sin embargo, cuando entré descubrí que era la "Hora del Desayuno" y las cuidadoras llenaron muchos vasos de leche caliente. Me asquea la lehe que ha sido calentada y apunta ya maneras de convertirse en nata. No puede haber nada más repugnante que beber algo de sabor asqueroso y encontrar tropezones (trozos de nata). Me dan arcadas sólo de pensarlo.
Pero esto, la perversión de la leche, no era lo peor. Cuando los vasos estuvieron llenos añadieron al menos 4 galletas en cada uno. Una barbaridad. Y las removieron. Cómo brujas malvadas, repartieron aquel engrudo donde nada podías comer ni beber. Era algo que desafiaba las leyes de la física por su densidad. Una suerte de papilla poco licuada.
Yo perdí mi vaso por ahí... lo abandoné en una esquina e intenté olvidar aquella imagen espantosa. Yo, que entonces era cursi y delicada, me puse a pasear por la guardería que tenía varias habitaciones descubriendo en cada una niños de todas las edades con aspecto, casi todos, de abandono. Niños que se habían meado encima, niños que tenían el acuaplas de galletas esparcido por la camiseta, niños que lo tenían esparcido por todas partes... Niños que lloraban y bebes a los que les cambiaban los pañales. Demasiados párbulos para tan pocos adultos. Nuestra superioridad numérica era alarmante, de no considerar el estado anímico de los allí reunidos. Todos parecía tristes y los que lloraban...¡TENÍAN MOCOS!!!
Hay pocas cosas que me den más asco que los mocos colgando, liquidos en su mezcla con las lagrimás, delizándose por la cara y acercándose peligrosamente a la boca... ¡Aggggggg!!

Definitivamente, lo recuedo como si, con aquella mirada infantil e ingenua, hubiera paseado durante una hora por un campo de concentración, o por algún tipo de sala en la que se reunieran las víctimas de una catástrofe. Supongo, ahora desde la madurez, que era una exagerada y que no fue, ni por asomo, tan drámático. Que lástima, de todas formas, que siempre desconfiemos de los recuerdos infantiles.

Después de este inciso, más bien largo, retomaré mi día de furia. En realidad, se limita a mi momento de furía añoche, en el metro (2:00 am.). Cómo es habitual, coincidí en el vagón con un tío borracho (cada día uno distinto, podría hacer colección) que consideró divertido sentarse a mi lado e prácticar sus estrategias de ligoteo. Y yo, que soy dulce y educada, le indiqué que no quería hablar. Luego él insistió y yo le ignoré, haciendo que estaba concentrada en mi lectura, aunque en realidad estaba tensa y agarrotada.
Al fin, agotada de estupideces, saqué la recortada del bolso, le apunté a la braqueta y le miré con una de esas miradas que tan claro lo deja todo, y que es en sí misma una amenaza muy concreta ("metete tu chiniwini por el culo, mamón") El asunto quedó así zanjado. O se hubiera quedado zanjado si yo, en la realidad y no sólo en el terreno de mi imaginación, hubiera hecho realmente eso. Pero no lo hice, no llebaba arma alguna en el bolso, ni tenía arrestos para la proeza descrita. Me quedé allí, intentando capear la situación y deseando con todas mis ganas que llegara ya mi parada.

En cualquier conflicto o discusión, ya sea en la cola de una tienda, con un funcionario, con un amigo íntimo o en medio de un conflicto armado, la primera palabra que sale de mi boca siempre es la misma: Perdone.

"Perdone, pero estoy leyendo" fue lo que le dije al pesado de anoche.

Perdone... pero no me apetece notar su hedor y aguntarle las gilipolleces. Disculpe que al salir de trabajar no me apetezca charlar con un desconcido borracho, perdone que no sienta una tremenda atracción sexual ante su cara de beodo y esas cejas que se unen en una... Discúlpemé, caballero, pero su roce me da más asco que la leche caliente....

Todas las estas frase se ajustan, a mi pesar, a mi repertorio habitual: "perdona, pero no me hace gracia que me pongas los cuernos" o "disculpe, le importaría dejar de torturarme con esos alicates al rojo vivo... ". Una de las que más he dicho en toda mi vida, y no es broma, es la de "Perdona araña, ¿podrías marcharte de aquí?" Cómo mucha gente, siempre pienso que por el hecho de que a mi me aterrorice un ser, este no tiene porqué morir aplastado. Y, basado en razones más egoístas, también me da miedo que las arañas de su familia vengan todas en tropel a buscarme, sedientas de venganza por la muerte de su hijo pródigo.
Si, mi mente funciona de esta manera. Y no, no tomo medicación alguna.

No es que me encante ser así. A veces me gustaría plantarme y no tener tantos absurdos miramientos, que no hacen sino prolongar la agonia. A veces creo que debería tomar prestada alguna frase de Brus Willis para zanjar una situación, o echar mano de más mala uva, simplemete.
Normalmente no lo hago por dos motivos:
- Siempre (casi siempre) creo que la mayoría de las cosas por las que nos cabreamos, se deben a malentendidos. Que casi nunca nos ponemos a pensar cual ha sido la percepción de la otra persona. Nos enfadamos con alguien porque vemos lo que nos ha hecho y a lo mejor lo que pasa es que, a su vez, estaba molesto por algo que nosotros hicimos sin querer. O que lo ha hecho sin darse cuenta... No valora el hecho cómo nosotros.

- Siempre (casi siempre) valoro los actos de las personas en función de sus intenciones. Si las consecuencias han sido nimias pero los sentimientos que las impulsaron eran mezquinos, me cabreo. Mucho. Si las consecuencias son horribles pero creo que no hubo mala intención, definitivamente no me enfado.

Estas dos premisas, junto con mi natural predisposición a creer que casi nadie actúa de mala fé, hacen que la mayoría de las veces no vea mi enfado cómo legítimo, y que, no nos vamos a engañar, ceda tan facilmente y sea horriblemente vulnerable al chantaje emocional. Incluso cuando soy consciente de que lo están usando.

Por otra parte, me planteo habitualmente las discusiones cómo una vía para resolver el conflicto, no para dar rienda suelta a mi cabreo, ni para desahogarme, ni para reivindicar nada. En el calor del momento, esas cosas no hacen sino empeorar las cosas. Algo que considero muy útil para evitar los conflictos (al menos un tipo de ellos) e incluso para resolverlos, es Saber hacer críticas, y también saber recibirlas. Son habilidades estas que es necesario aprender y ejercitar, cómo la asertividad o la empatía de las que, en cierto modo se alimentan.

Cómo en esta entrada me estoy alargando hasta el infinito y más alla (y soy extremadamente considerada), voy a crear otra entrada a continuación sobre las Críticas, hacerlas y recibirlas. Así, si alguien pasa del "sermoncito" o, cómo le sucede al pobre Tirso, ya me lo ha oido varias veces, puede saltarse la entrada. Elegir la escalera de la derecha y pasar a la página 24.
Al fin y al cabo, casi soy la única persona que lee el blog, por lo que tengo asegurado su público.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

... no eres la única, Isadora, no eres la única...

la reina del hielo dijo...

si es que eres demasiado buena, te lo digo siempre... pero el mundo sería un lugar infinitamente peor sin gente como tu...

por cierto, me he hecho ultra fan de tu blog!